divendres, 12 d’abril de 2013

¡Hijos de puta!

Hijos de puta!
¿Cuántas veces lo habré pensado?¿Cuántas veces lo habré dicho a compañeros, amigos o conterturlios ocasionales?
Cuando empecé a dar clases tuve la grandísima suerte de hacerlo en una UEC o algo así, jamás me quedó claro si era UEC, UAC, UEAC o qué, el hecho es que antes de hacerme cargo del cargo, el señor Inspector d'Ensenyament me hizo recorrer 800 km para decirme exactamente lo que me había dicho por teléfono una semana antes y que yo le contestase lo mismo, pero según parece los protocolos son los protocolos.

Tuve el placer de conocer un buen puñado de hijos de puta, chavales y chavalas de entre 14 y 18 años que pasaban olímpicamente de todo aquello que fuese académico, les daba pereza todo y su norma era no seguir ninguna norma. Bueno, tampoco era la guerra pero se hacía durillo.
Uno constata aquello que quiere constatar a la mínima que se le presenta un ejemplo que corrobora sus pensamientos y la verdad es que yo venía del mundo académico, de dejarme los cuernos para obtener unas buenas notas que me permitiesen tener todas las puertas posibles abiertas y ante mi se sentaban, o se espatarraban, entre quince y dieciocho preadolescentes a quienes no había manera de hacerles entender que su futuro mejoraría con cierto título.
Primero me salió la vena evangelizadora, intentar convencer con la palabra y de vez en cuando alguna oblea en sentido figurado, pero poco a poco fui viendo que el trabajo de artesanía que estas personas necesitaban se tendría que haber hecho mucho tiempo atrás, que muchísimos de ellos y ellas eran, y son, gente muy inteligente, con grandes habilidades y posibilidades, pero con ninguna motivación por lo académico. Algún día se desengancharon del tren y éste se marchó dejándolos atrás. Ni el revisor, ni el maquinista, ni el jefe de estación se dieron o se quisieron dar cuenta. Hay más gente en el tren y no podemos permitirnos el lujo de dedicar esfuerzos extra a quien no los quiere aceptar.

Luego empecé a ver más allá, cuando empecé a ejercer ese regalo envenenado que es la tutoría y que le toca siempre al último que llega, sobre todo si se trata de una tutoría complicada. Y fue cuando vi que bajo un cuadro siempre hay un lienzo y que cuando ese lienzo está resquebrajado lo normal es que el cuadro se vea raro.
Vi que una gran parte de las familias eran, por deciro finamente, poco convencionales, que la mayor parte de los alumnos disruptivos tenían situaciones familiares realmente complicadas, e incluso me sorprendí a mi mismo disculpando al hijo de puta más hijo de puta de todos, un chavalín que con 15 años apenas pasaba del metro cuarenta y de los cuarenta quilos de peso, que unos días era un encanto y otros se transformaba en un diablo de Tasmania desbocado. Fue cuando oí como un compañero le decía a otro que el chaval en cuestión se portaba así porque su padre era alcohólico y le daba unas buenas zurras, entonces venía al centro y se desahogaba.
Eso me abrió los ojos y me confirió superpoderes, ahora, cuando veo un comportamiento disruptivo, algo fuera de lo normal, si es que hay algo que se pueda calificar como normal, miro más allá y veo que en el fondo, los alumnos son como nosotros. Su vida puede ser maravillosa hoy y un infierno mañana, pueden estar enamorados el lunes y peleados el jueves, pueden ser populares entre sus compañeros o rechazados y marginados. Y eso, que a nosotros nos afecta emocionalmente a ellos más, no porque sean más sensibles, que lo son, sino porque carecen de experiencia, no tienen herramientas que les permitan moderar su estado de ánimo y nosotros tampoco se las podemos dar. La educación emocional es materia optativa en Melmack, aquí ni está ni se la espera en los claustros tradicionales.
Aquí tenemos claro que a través del esfuerzo se consigue el éxito, lo tenemos tan claro que a veces hasta nos lo creemos. Tenemos claro que si nosotros, los docentes, los poseedores del conocimiento, los encargados de transmitir ese conocimiento y formar a los nuevos ciudadanos, fuimos capaces de triunfar en el sistema escolar, cualquiera puede hacerlo.

Tenemos claro que si no se esfuerzan, si se dedican a perder el tiempo y a hacernoslo perder a nosotros, a hacer gamberradas y romper el ritmo de las clases, es porque son unos hijos de puta y sus putos padres no les han educado correctamente para que puedan aprovechar los frutos que nosotros les ponemos en bandeja.
Por eso tenemos tan claro que el problema son ellos, que ellos han de cambiar y que si no lo hacen han de purgar sus pecados repitiendo curso o siendo desterrados del centro.

O puede que tal vez debamos mirar con otros ojos a esas personas a las que la sociedad nos ha encargado ayudar a ser autónomos y ver en qué podemos cambiar nosotros para que ellos saquen lo mejor de si mismos.

Nota: Según el DRAE ~ de puta.
1. m. y f. vulg. Mala persona. U. c. insulto.

(es decir, al llamar hijo de puta a alguien no se está refiriendo en ningún caso a la ocupación de su progenitora, sino a su actitud o comportamiento, independientemente de si la madre se dedica o no a la prostitución.)

1 comentari:

  1. Mi querido Sr. Lluis Tomas, usted si que es un hijo de la gran puta... me ha encantado el post, duro, real y muy, muy humano, motivo de reflexión no sólo para docentes, sino muy especialmente para padres con hijos preadolescentes.
    Un fuerte abrazo maestro :)

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