dimarts, 5 de març de 2013

Enamórame, pero de a poquito a poco y que yo no lo note.

Entre los n libros en papel que llevo leyendo al mismo tiempo, hay uno que me hace darle vueltas a la cabeza, ¡en sentido figurado! Se titula "Enseñar con la boca cerrada" y entre varias de las cosas que dice, plantea que se haga la siguiente reflexión: ¿Cuáles son las tres cosas más importantes que has aprendido nunca? Antes de seguir leyendo pide cerrar el libro y meditar sobre ellas, yo pediría lo mismo, pero en la era de Internet y la procrastinación va a ser un poco difícil de cumplir, así que voy rellenando unas cuantas líneas más con texto que no aporta nada a la entrada sino simplemente retrasar la siguiente pregunta, que es esta: de todas ellas, cuántas fueron aprendidas en un centro escolar y cuántas de estas fueron aprendidas de un profesor o profesora.

En mi caso sólo fue una y además no estaba relacionada con la materia, así que bien podría haberla exluido del entorno académico. Luego Don Finkel, el autor de libro, continuaba disertando sobre los "grandes profesores" aquellos que todos tenemos como referentes, aquellos en los que la hora de clase nos pasaba como un suspiro, que nos atrapaban con sus maneras, sus explicaciones y la forma de mostrarnos el conocimiento, en cierto modo podríamos decir que brillaban y nos deslumbraban con su resplandor.
Eso no significa que aprendiese todo lo que estos y estas docentes ME explicaron, es más, tras leer el pasaje del libro intenté recordar y la verdad es que a duras penas podría enumerar cinco cosas de cada una de sus materias, lo que sí puedo decir que me enseñaron fueron sus metodologías, su "calor" humano y la forma de transmitir con pasión y compasión, en cierto modo diría que me enamoraron, poquito a poco y sin que me diese cuenta hasta que Finkel me lo puso delante de las narices.
A penas he leído una cuarta parte del libro, así que ando por los preliminares y ya me va la cabeza como el agua de la bañera cuando quito el tapón, pero lo cierto es que sí que he notado que despierto interés en mis pobres alumnos porque empleo tácticas que heredé de mis profesores amados, porque recurro a la figura del cuenta-cuentos alrededor del fuego, porque intento cotidianizar al máximo los contenidos y los temas de mis materias, porque les hablo del Mundo y de su despiadada y desapasionada manera de funcionar, de cómo para subir en el ascensor social hay que currárselo y de cómo el saber los hará libres. Porque los pongo a prueba y les planteo enigmas, les hago dudar y les ayudo a vencer, en cierto modo les enamoro, pero de poquito a poco, sin que se den cuenta.

Pero tampoco ignoro, ni olvido, que la especie humana, igual que el resto de las especies, se caracteriza por la diversidad y lo que es atractivo para unos, no lo es para otros, así que siempre nos quedará París. (Por cierto, he estado allí sólo una vez, ya va siendo hora de volver a ir. Bien sûre!)

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